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Le gustaba. Sentir la vibración a través del mango del cuchillo cuando penetraba en su victima era algo que lo ponía eufórico. El rojo brillante de la sangre, que se desprendía en grandes cantidades de la herida, era una obra de arte, un impacto visual, un complemento que enceguecía su razón y embriagaba el poco sentido de piedad que poseía. Por su parte, la victima desesperaba por huir. Gritaba con tanta fuerza que las cuerdas vocales estuvieron a punto de desgarrarse, golpeaba frenéticamente al hombre que estaba arrodillado a su costado. Lloraba; el costado de sus ojos eran un río de lágrimas, pero sabía que nada de lo que intentara iba a funcionar. Con cada puñalada le sacaba un poco más de vida, notaba como los ojos se le cerraban y la desesperación se aplacaba de a poco. Sus manos dejaron de hacer fuerza, las uñas ya no rasgaban la carne del asesino. Todo oscureció.El victimario sintió un cosquilleo de placer por todo su cuerpo, sacó el cuchillo del cadáver y lo tiró a un costado; este se deslizó, hizo un ruido metálico y manchó de sangre el suelo de adoquines. El se quedó arrodillado observando con su mirada fría, con la respiración agitada y una calma infinita.
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