martes, 8 de julio de 2014

Una eternidad unidos

Una eternidad unidos

   Estaban todas las persianas cerradas pero entraba una pequeña penumbra a través de la ventanilla de la puerta de entrada. El equipo de audio reproducía un CD de música pesada, tal vez de Marilyn Manson, y la televisión mostraba las noticias de la semana
proyectando colores fríos sobre la pared. En la mesa de la cocina había una botella de Chivas Regal por la mitad, un vaso y una gran cantidad de fotos desordenadas.
  
Estaba casi dormido. Sostenía el vaso de whisky con una mano y  un revolver calibre treinta y  ocho con la otra. La cabeza posaba inmóvil sobre el montón de imágenes y las lágrimas se le desprendían de los ojos cayendo sobre la cobertura de vidrio. Estaba esperando a que llegara. Necesitaba explicaciones.
   La cerradura hizo un ruido metálico. El picaporte bajó, la puerta se abrió y se volvió a cerrar con violencia. El estruendo hizo que Lucio se despertara sobresaltado. Tenía la mirada perdida, los ojos rojos, la piel de la cara enrojecida y los pelos todos revueltos.
—¡Volviste!... La señora de la casa se dignó a volver —decía mientras la señalaba con el dedo índice—…  ¿Y? ¿Te cansaste de cojer? ¿Te cansaste de chuparle el pito a ese viejo de mierda?
—¿De qué me hablás, Lucio? Recién vengo de trabajar.
—¿¡A esto le decís trabajar!? —Agarró un par de fotografías y se las tiró en la cara— ¡Sos una hija de puta!  ¿¡Y me mentís en la cara!?
   La chica se agachó para levantar las imágenes. En algunas estaba de la mano con un tipo entrecano, de ojos verdes, mientras tomaban un helado y paseaban por el centro de una localidad cercana. Otras los sorprendían cenando junto a las velas en un restaurante y la última encuadraba una ventana a través de la cual se los veía sosteniendo relaciones sexuales de una manera apasionada. Al ver estas imágenes sintió como un golpe de calor muy intenso que le recorrió el cuerpo de arriba abajo.
—Pero… Amor… Te puedo explicar…
—¿¡Qué me vas a explicar!? ¡Sos una puta de mierda, no hay nada que explicar!
—No amor, dejame que yo te explique…
—Amor, amor, ¡¡AMOR!! —Dijo en tono de burla—. ¿Sabés qué? vos no tenés capacidad para amar a nadie. Vos tenés capacidad para cojer con el tipo que más plata lleva en la billetera...
—¡Perdón, no sé qué estaba pensando! ¡Yo te amo!  —Gritó la chica al romper en llanto.
Lucio se levantó estrepitosamente de la silla con una foto en la mano y el revolver en la otra.  Ella podía ver sus ojos inyectados de sangre y las venas del cuello llenas de ira. Tenía los pelos duros y todos enredados, el olor a alcohol se sentía a la distancia. Nunca lo había visto de esa manera, no era el hombre tierno y sensible con el que se había casado hace dos años atrás; parecía poseído,  estaba fuera de juicio. Su estado la aterraba, le provocaba piel de gallina.
   Un escalofrío le recorrió la espalda al instante de percatarse que se abalanzaba sobre ella sosteniendo un arma de fuego. Se le acercó a centímetros de su cara y le mostró la foto.
—Te gusta chupar ¿Eh?  —Le puso el revólver en la boca y la agarró de los pelos por atrás de la nuca—. ¿A ver cómo lo hacés?
—¡Mmmmm... Mmmm... MMMMM! —Balbuceaba ella. Estaba aterrada, temía por su vida. Ese loco podría apretar el gatillo en cualquier momento.
—¡Shhh, ey, ey, ey! —Tiró con más fuerza de su pelo—. Portate bien, no me hagas hacer una locura.  Ahora quiero que te imagines que el cañón es el pene de tu amante, de ese viejo de mierda. No te preocupes por el sabor metálico. Quiero que lo goces como gozas haciéndoselo a la verga de él... A ver...  Ay... sí, ¡sí...!
   Pasaba la lengua por el tubo de escape de la pistola a tambor, se la metía en la boca y se la sacaba repetidas veces.
—Ay, cómo me calentás —se escuchó el click del percutor del arma al tirarlo para atrás. Cristina comenzó a temblar como si de epilepsia se tratase —. Ahora vamos a hacer el amor como lo hacías con él.
   Acercó sus labios a los de ella, empezó a besarla y a recorrerle el cuerpo con la mano que ya no le agarraba los pelos. Él estaba sudoroso, la pigmentación de su piel cambió de blanca a rojiza por causa de la excitación que le provocaba la situación. Más abajo, en donde las botamangas del jean se unían, se podía observar la rigidez de su cuerpo. Ella simulaba disfrutarlo cuando la realidad era que sentía asco y miedo, rechazo y vergüenza. La repugnancia llegó a su punto máximo cuando el pasó de sus labios al cuello y la mano de su cintura a la bragueta de su pantalón. Se rozaba, a través de la tela del jean, el pene con la mano de ella. Lucio gemía en el oído de su novia; era un gemido grotesco, asqueroso, pervertido.
—¡Soltáme! ¡No me toques! —Grito ella al mismo tiempo que lo empujaba con ambas manos. Lucio dio unos cuantos pasos tambaleantes hacia atrás y se cayó encima de la mesa de madera quebrando sus cuatro patas. La botella se fragmentó en cientos de pedazos que se desparramaron por todo el piso y los papeles impresos danzaron en el aire con lentitud hasta tocar el suelo.
   No tardó mucho tiempo en correr hacia el picaporte de la puerta para salir a la calle y pedir ayuda, pero ese esfuerzo no dio resultado. Él se levantó con agilidad a pesar de los efectos que el alcohol le había provocado. Al levantarse sintió un ardor enorme; se había cortado el brazo en el cual se había apoyado; una parte del vaso que quedó cortado a la mitad le había causado la herida. Con la abundante cantidad de sangre llegando a su mano izquierda cazó a Cristina de la remera. Ella gritó con mucha fuerza. Lucio apretó los dientes y dijo:
—TE DIJE QUE IBAMOS A HACER EL AMOR Y LO QUE YO DIGO SE CUMPLE —la empujó con fuerza y cayó de espaldas en el suelo, después se arrodilló y gateó algunos centímetros, los que lo separaban de Cristina. Le levantó la pollera negra que tenía puesta —que junto a la blusa blanca formaba parte del uniforme de trabajo— y le corrió a un costado la provocativa ropa interior mientras forcejeaba con los golpes y patadas que la mujer hacía en un intento desesperado por liberarse.
   Se sacó la remera, siguió el pantalón y por último el bóxer color azul marino. Le abrió las piernas y se posó sobre ella hasta que sus caras estuvieron a la par. Con una mano sostenía su propio peso mientras con la otra empuñaba su cuerpo para guiarlo hacia el interior de ella. Lucio cerró los ojos y entreabrió la boca dejando escapar un grave gemido de placer. Por el contrario, Cristina estaba desesperada, histérica. Tenía la cara hinchada por el llanto y el rímel negro todo corrido por el contacto con las lágrimas incesantes que salían de sus ojos.
   Estaba atrapada entre el piso y él, entre la espada y la pared. Los golpes que le daba en el pecho a su pareja reflejaban la desesperación que sentía, y los gritos desgarradores la impotencia. Por más que intentara no podía escapar y eso generaba en su mente un círculo vicioso, una especie de efecto de retroalimentación, que aumentaba a cada segundo la crisis nerviosa que estaba sufriendo. Él no le daba importancia a los puños de ella impactando en su pecho, parecían darle más placer o bien los ignoraba por completo.
   Cristina decidió no dejar hacerse tal cosa. Levantó sus manos y le apretó con todas sus fuerzas el cuello. La situación se revirtió. Ahora era ella la que tenía el control, era ella la que estaba arriba de él estrangulándolo, se disponía a dejarlo inconsciente, a asfixiarlo si era necesario. El forcejeo de forma violenta empezó por segunda vez; Él hacía fuerza para intentar sacar sus brazos debajo de las rodillas de su víctima, pero cada vez que hacía un movimiento ella presionaba más haciéndolo gritar del dolor. Se estaba poniendo azul, ya casi lo lograba, estaba cerca de su libertad, cerca de irse corriendo para no volver jamás a esa casa. Por desgracia Lucio logró liberar uno de sus brazos, lo estiró hasta que su mano llegó a tocar el arma que se le había caído y le dio un fuerte golpe en la cabeza con la culata. Cristina se desmayó.
   Habían pasado tres horas aunque ella no lo sabía. Se sentía mareada y confundida. Tenía la visión borrosa, efecto que tardó unos minutos en desaparecer. Distinguía una silueta negra que se retorcía como una babosa quemándose bajo una lluvia de sal, pero ni bien la vista se le aclaró supo que no se trataba de un gran insecto. Pelo entrecano, unos cuarenta y cinco años de edad y llevaba puesto nada más que su pantalón de vestir. Tenía marcas de cortadas en su cara y moretones enormes al costado de las costillas —qué se dejaban ver porque no tenía la camisa puesta—. Entre los dientes tenía un pañuelo color gris que estaba fijado con un nudo atrás de la nuca y los pies y manos estaban atados por varias vueltas de cinta para embalajes.
—¡Eric! —dijo ella—. ¿Qué…? —Descubrió que estaba atada a una silla de madera al intentar moverse… Y desnuda, completamente desnuda.
—¡Ay!, pero miren qué bonita escena… Los tortolos se encontraron en su nidito de amor… —dijo Lucio con un tono dulce y macabro al mismo tiempo—. Pero ahora vamos a jugar a un juego, como las escondidas que ustedes jugaban mientras yo no me daba cuenta —entre frase y frase daba sorbos del pico de una botella, esta vez de vodka, y cada vez la bebida lo volvía más irracional e impredecible—. Vamos a jugar a que estamos filmando una película romántica… O porno, la verdad que no encuentro la diferencia. Ustedes dos van a ser los protagonistas, ¿Les parece?... Bueno, en realidad vamos a hacer lo que yo quiera así que me importa una mierda lo que les parezca a ustedes, ¡Ja, ja, ja!
   Dejó la botella a un lado y agarró una cámara de video casera, abrió la pantalla lateral y se acercó hasta donde estaba Eric. Con un cuchillo cortó sus pantalones y lo despojó de toda su ropa. Después desató la cinta adhesiva de sus manos y pies y aprovechó para descargar su ira con otra patada en las costillas, provocando que Eric grite marcándole las venas del cuello, aunque no se llegaba a oír con el suficiente volumen debido a la tela tapándole la boca. Aprovechando las pocas fuerzas que le había dejado a su novia después de golpearla la desató y la puso boca arriba en el suelo por segunda vez.
—¡Dale, imbécil! ¡Movete de una vez y cojela! —Volvió a pegarle en las costillas. Cristina gritaba de la desesperación cada vez que lo hacía. Él obedeció las órdenes de su agresor para evitar que siga con la golpiza brutal. Como pudo se arrastró hasta ella, y cuando por fin logró empezar con el acto forzoso le dijo en voz baja:
—Perdón… Perdoname por favor… —aunque ninguno de los dos sabía bien por qué lo hacía.
   Lucio veía todo a través de la pantalla de la filmadora digital sentado en una de las sillas con las piernas abiertas y una notoria erección que se marcaba en el jean azul. Disfrutaba el ver los movimientos dolorosos de cadera que tenía que hacer para mantener el acto sexual, pero al mismo tiempo lo enfurecía. La ira se apoderó de él. Su mujer lo estaba engañando frente a sus narices, esta vez en vivo y en directo. No soportó más. Empujó a Eric con tanta fuerza que éste rodó y se golpeó la espalda contra una pared. Le apuntó a la frente con el arma a Cristina.
—¿Así que conmigo no te dejás pero con él sí? Que putita de mierda… Pero ¿Sabés qué? Nosotros vamos a estar unidos por siempre y este pelotudo va a ser el testigo de nuestro amor eterno…
   ¡BUM! El piso se manchó de rojo oscuro.
—¡NOOOO, CRISTINA!, ¿¡QUÉ HICISTE, ENFERMO!? —Intentó moverse para ir en auxilio de su novia pero le resultaba imposible. Las heridas internas que Lucio le había provocado se habían agravado.
—Sí… Enfermo… Enfermo de amor… —contestó.
   Empezó a besar el cuerpo sin vida de su novia, le acariciaba con delicadeza su cabeza, su cuello, los senos. Su mano al pasar dejaba estelas de sangre sobre la piel fría de lo que era su novia. De la delicadeza pasó a la lujuria, jugando con su lengua entre las piernas. Empuñó por segunda vez su órgano viril

—¡Ah! ¡Sí…! Me encanta hacer el amor con vos. Te amo Lu, mi vida. ¡Que hermoso que va a ser compartir una eternidad unidos…! —Se puso el revólver en la boca, apretó el gatillo. ¡BUM!

No hay comentarios:

Publicar un comentario