Otra vez Noviembre
en Mayo, después de tanto tiempo; hacía dos años que no pasaba y
no pudo caer en peor momento. Mi estado de ánimo no era el adecuado
como para disfrutar de esta primavera en otoño, casi finales de
otoño y principios de verano, donde las hojas caen de los árboles y
las flores perfuman el aire con aroma a jazmín y rosas. La vida está
llena de situaciones inoportunas, aunque no me quejaba; era un regalo
que nos había mandado la naturaleza y era mejor que nada. Mientras
tanto seguía con mi rutina habitual: Levantarme, darme una ducha,
cepillarme los dientes, desayunar y caminar al trabajo; una rutina
aburrida, pero que me mantenía con la cabeza ocupada en otras cosas
y me alejaban de mi dolor, anestesiaba un poco la herida a carne viva
que tenía abierta en el pecho. Esa mañana hubo un quiebre: Cuando
prendí la tele para ver la primera edición del noticiero la chica
del clima estaba diciendo: Hoy
el tiempo nos sorprende adelantándonos nuevamente, después de dos
largos años, al mes de noviembre en este día veinte de mayo. Así
que nada de abrigos esta mañana porque tenemos una temperatura de
treinta grados y va a aumentar a treinta y seis acercándonos al
mediodía. Todo el mundo comentaba sobre el fenómeno, estaban eufóricos, menos yo que estaba triste… Y contento a la vez. Contento porque este año se iba a adelantar mi cumpleaños y triste porque no tenía a esa persona especial que me levantaba con un beso, un abrazo y un “¡Feliz cumpleaños!” efusivo y lleno de entusiasmo.
Ese día en el trabajo fue eterno; hacía un calor sofocante y, cada vez que se abría la puerta del local, el viento traía una ráfaga de aire helado que erizaba la piel y causaba escalofríos. Así que, a través de la ventana del lugar, veía a muchas personas vestidas de pulóver y pantalones largos, y a muchas otras de shorts y remeras mangas cortas. Me había distraído bastante tiempo al mirar para afuera, pero el reto de mi jefe me hizo volver a lo que realmente importaba en ese momento, mi trabajo; ahora mi foco volvía a estar entre las montañas de papeles que tenía en mi escritorio, tenía que terminar de transcribir unos cuantos textos a la computadora y era trabajo que debía realizar para ese mismo día, antes de que termine mi horario. Con dificultad, con la vista fatigada y con la mente agotada pude terminar mi día laboral, pero con mayor desgano volvía a mi casa, en donde, sin duda, el clima estaba más equilibrado: hacia un frío glaciar en mi cuarto y un calor sofocante en la cocina. Del baño salía una corriente de aire húmedo, una leve brisa que modificaba el clima de todos los ambientes. Durante los últimos setecientos treinta días tenía que cuidar de cerrar todas las puertas de la casa, porque se firmaban vientos huracanados al encontrarse el aire caliente, el aire frío y la corriente de aire húmedo. La misma fuerza omnipotente me empujaba hacia afuera de mi hogar, era como querer correr con el agua hasta la cintura, pero con mucho esfuerzo lograba llegar. Llegaba con un cansancio extremo, pero en mi habitación hacía tanto frío que el simple acto de mover las articulaciones de las manos se hacía dificultoso. Al final conseguía entrar en un sueño profundo en donde todo era maravilloso, utópico. Las hojas caían en otoño, las heladas en invierno, las flores eclosionaban en primavera y las cigarras cantaban en verano. Cada mes tenía sus días propios y no se mezclaban entre sí. Deseaba quedarme ahí, en el paraíso, donde regía el orden y las agujas del reloj corrían de izquierda a derecha. Mi vida en ese mundo era impredecible; podía sonar el teléfono en cualquier momento y recibir la invitación de un amigo a tomar una cerveza en ese bar que tanto me gustaba. ¡O ir al cine! Cosas que en la vida real no ocurrían nunca, en donde la rutina era la ley inquebrantable, donde el desequilibrio y la torpeza del tiempo resignaba a las personas y el destino se dibujaba como una línea recta a lo largo de la vida, sin cambios ni imprevistos, aunque suene a una complicada paradoja. En los sueños se tenían más sentimientos, muchos, buenos y malos, en los sueños tenía sus besos de la mañana, las caricias en el pelo y su sonrisa hermosa deseándome un buen día, después de recordarme lo mucho que me amaba; pero al despertar lo único que se sentía era la baja temperatura de mi cuarto, la templanza del aire exterior y la suave brisa primaveral. Eran las ocho de la tarde y el sol recién empezaba a esconderse en el horizonte, las calles se colmaban de autos y conductores impacientes por llegar a sus casas después de un arduo día de trabajo. Yo iba con mis auriculares puestos, disfrutando del hermoso día semi veraniego que me traía el mes de mayo, casi a finales de otoño y principios de invierno. Estaba con remera de mangas cortas porque un calor sofocante envolvía la ciudad; sabía que me estaba esperando, como todos los viernes a la tarde, en la esquina de esa cafetería con aire melancólico y rústico que tanto me desagradaba. Ya estaba a tres o cuatro cuadras, caminaba despreocupado, incrédulo, sin tener idea de la situación con la que me iba a encontrar, sin saber que el fin de mi felicidad estaba a menos de trescientos metros de distancia. Lo que pasó después parece salido de una novela barata: Mi novio estaba sentado en uno de los bancos de madera, que estaban junto a la pared del bar, con la mirada apuntando al suelo, un brazo apoyado en la falda y con la mano derecha se sostenía la frente, así que no dudé en correr hacia él para averiguar el motivo de su angustia, para acompañarlo, darle un beso en la frente, y decirle que todo iba a ir bien; me arrodille y le pregunté qué le pasaba. —Intenté decírtelo un montón de veces; intenté esperar para ver que pasaba, pero ya no puedo mas —me dijo con la voz entrecortada, cargada de angustia, mientras se secaba las lágrimas que bajaban por sus mejillas. Esas palabras me desconcertaron en un principio, pero enseguida todo me quedó claro —. No aguanto más esta situación; estamos tan cerca que me ahogo. Siento que al estar con vos me estoy perdiendo de muchas cosas, siento que estoy perdiendo tiempo de mi vida esperando algo que no va a pasar nunca. Esperaba de nosotros algo a futuro, planes que no vamos a poder concretar estando juntos, tenemos distintas expectativas en cuanto al futuro y es... Es por eso que necesito que lo nuestro se termine acá. No pienses que lo hago para lastimarte, a mi me cuesta un montón y por eso estoy llorando, porque te amo, pero la realidad es que lo nuestro no va a funcionar —entonces levantó la vista, me dio un beso y me agarró de las manos con fuerza; me quedó mirando a los ojos por unos segundos, segundos que parecieron horas, se podía ver su alma partida, sinceridad, y en su mirada se reflejaba la angustia, se veían las marcas de la guerra interna que había llevado a cabo para no rendirse. Aun así me regaló una sonrisa que se mezclaba con lágrimas, me acarició la cara como diciéndome no estés triste, eso hizo que en mi cuello se forme un nudo gigante y que en mi pecho aparezca una sensación de opresión. No intenté arreglar la situación, en vez de eso me dediqué a mirar hacia atrás y me di cuenta de que, muchas veces, mis actitudes no fueron de las mejores, me di cuenta de que tendría que haber actuado de otra manera, haber tomado otro tipo de actitudes, pero ya era tarde. Se fue y no lo iba a recuperar. Con él también se fue mi felicidad y hasta la última gota de energía vital; en poco menos de cinco minutos toda mi vida se convirtió en una montaña de escombros, mi alma se desangró y mi estado de ánimo decayó de una manera impresionante. La incertidumbre y la impotencia se apoderaron de mi mente; ahora era yo el que estaba arrodillado en el suelo, con medio cuerpo desplomado sobre el banco, llorando desconsoladamente sin entender nada de lo que había pasado, desprendiendo ese llanto desgarrador que fluía directamente desde mi corazón, cargado de angustia y de dolor. Ese día de mayo, con algunas pinceladas con tonos de noviembre, terminó de una forma inesperada: La noche cayó mucho antes de lo normal y cuando esto pasó mi cuerpo no resistió más; agarré el estuche aterciopelado que guardaba en uno de los bolsillos de mi pantalón y lo tiré con fuerza del otro lado de la calle, la pequeña caja se rompió y las dos alianzas de oro, con nuestros nombres grabados en su interior, rodaron por el asfalto hasta caer por la alcantarilla, que estaba contra el cordón de la vereda. El viento cálido y fuerte de noviembre estaba soplando, igual que el día en que nos conocimos, sin embargo mayo estaba helado y había empezado a lloviznar, pero igual caminé hasta mi casa, la cual estaba fría, helada.
mediodía. Todo el mundo comentaba sobre el fenómeno, estaban eufóricos, menos yo que estaba triste… Y contento a la vez. Contento porque este año se iba a adelantar mi cumpleaños y triste porque no tenía a esa persona especial que me levantaba con un beso, un abrazo y un “¡Feliz cumpleaños!” efusivo y lleno de entusiasmo.
Ese día en el trabajo fue eterno; hacía un calor sofocante y, cada vez que se abría la puerta del local, el viento traía una ráfaga de aire helado que erizaba la piel y causaba escalofríos. Así que, a través de la ventana del lugar, veía a muchas personas vestidas de pulóver y pantalones largos, y a muchas otras de shorts y remeras mangas cortas. Me había distraído bastante tiempo al mirar para afuera, pero el reto de mi jefe me hizo volver a lo que realmente importaba en ese momento, mi trabajo; ahora mi foco volvía a estar entre las montañas de papeles que tenía en mi escritorio, tenía que terminar de transcribir unos cuantos textos a la computadora y era trabajo que debía realizar para ese mismo día, antes de que termine mi horario. Con dificultad, con la vista fatigada y con la mente agotada pude terminar mi día laboral, pero con mayor desgano volvía a mi casa, en donde, sin duda, el clima estaba más equilibrado: hacia un frío glaciar en mi cuarto y un calor sofocante en la cocina. Del baño salía una corriente de aire húmedo, una leve brisa que modificaba el clima de todos los ambientes. Durante los últimos setecientos treinta días tenía que cuidar de cerrar todas las puertas de la casa, porque se firmaban vientos huracanados al encontrarse el aire caliente, el aire frío y la corriente de aire húmedo. La misma fuerza omnipotente me empujaba hacia afuera de mi hogar, era como querer correr con el agua hasta la cintura, pero con mucho esfuerzo lograba llegar. Llegaba con un cansancio extremo, pero en mi habitación hacía tanto frío que el simple acto de mover las articulaciones de las manos se hacía dificultoso. Al final conseguía entrar en un sueño profundo en donde todo era maravilloso, utópico. Las hojas caían en otoño, las heladas en invierno, las flores eclosionaban en primavera y las cigarras cantaban en verano. Cada mes tenía sus días propios y no se mezclaban entre sí. Deseaba quedarme ahí, en el paraíso, donde regía el orden y las agujas del reloj corrían de izquierda a derecha. Mi vida en ese mundo era impredecible; podía sonar el teléfono en cualquier momento y recibir la invitación de un amigo a tomar una cerveza en ese bar que tanto me gustaba. ¡O ir al cine! Cosas que en la vida real no ocurrían nunca, en donde la rutina era la ley inquebrantable, donde el desequilibrio y la torpeza del tiempo resignaba a las personas y el destino se dibujaba como una línea recta a lo largo de la vida, sin cambios ni imprevistos, aunque suene a una complicada paradoja. En los sueños se tenían más sentimientos, muchos, buenos y malos, en los sueños tenía sus besos de la mañana, las caricias en el pelo y su sonrisa hermosa deseándome un buen día, después de recordarme lo mucho que me amaba; pero al despertar lo único que se sentía era la baja temperatura de mi cuarto, la templanza del aire exterior y la suave brisa primaveral. Eran las ocho de la tarde y el sol recién empezaba a esconderse en el horizonte, las calles se colmaban de autos y conductores impacientes por llegar a sus casas después de un arduo día de trabajo. Yo iba con mis auriculares puestos, disfrutando del hermoso día semi veraniego que me traía el mes de mayo, casi a finales de otoño y principios de invierno. Estaba con remera de mangas cortas porque un calor sofocante envolvía la ciudad; sabía que me estaba esperando, como todos los viernes a la tarde, en la esquina de esa cafetería con aire melancólico y rústico que tanto me desagradaba. Ya estaba a tres o cuatro cuadras, caminaba despreocupado, incrédulo, sin tener idea de la situación con la que me iba a encontrar, sin saber que el fin de mi felicidad estaba a menos de trescientos metros de distancia. Lo que pasó después parece salido de una novela barata: Mi novio estaba sentado en uno de los bancos de madera, que estaban junto a la pared del bar, con la mirada apuntando al suelo, un brazo apoyado en la falda y con la mano derecha se sostenía la frente, así que no dudé en correr hacia él para averiguar el motivo de su angustia, para acompañarlo, darle un beso en la frente, y decirle que todo iba a ir bien; me arrodille y le pregunté qué le pasaba. —Intenté decírtelo un montón de veces; intenté esperar para ver que pasaba, pero ya no puedo mas —me dijo con la voz entrecortada, cargada de angustia, mientras se secaba las lágrimas que bajaban por sus mejillas. Esas palabras me desconcertaron en un principio, pero enseguida todo me quedó claro —. No aguanto más esta situación; estamos tan cerca que me ahogo. Siento que al estar con vos me estoy perdiendo de muchas cosas, siento que estoy perdiendo tiempo de mi vida esperando algo que no va a pasar nunca. Esperaba de nosotros algo a futuro, planes que no vamos a poder concretar estando juntos, tenemos distintas expectativas en cuanto al futuro y es... Es por eso que necesito que lo nuestro se termine acá. No pienses que lo hago para lastimarte, a mi me cuesta un montón y por eso estoy llorando, porque te amo, pero la realidad es que lo nuestro no va a funcionar —entonces levantó la vista, me dio un beso y me agarró de las manos con fuerza; me quedó mirando a los ojos por unos segundos, segundos que parecieron horas, se podía ver su alma partida, sinceridad, y en su mirada se reflejaba la angustia, se veían las marcas de la guerra interna que había llevado a cabo para no rendirse. Aun así me regaló una sonrisa que se mezclaba con lágrimas, me acarició la cara como diciéndome no estés triste, eso hizo que en mi cuello se forme un nudo gigante y que en mi pecho aparezca una sensación de opresión. No intenté arreglar la situación, en vez de eso me dediqué a mirar hacia atrás y me di cuenta de que, muchas veces, mis actitudes no fueron de las mejores, me di cuenta de que tendría que haber actuado de otra manera, haber tomado otro tipo de actitudes, pero ya era tarde. Se fue y no lo iba a recuperar. Con él también se fue mi felicidad y hasta la última gota de energía vital; en poco menos de cinco minutos toda mi vida se convirtió en una montaña de escombros, mi alma se desangró y mi estado de ánimo decayó de una manera impresionante. La incertidumbre y la impotencia se apoderaron de mi mente; ahora era yo el que estaba arrodillado en el suelo, con medio cuerpo desplomado sobre el banco, llorando desconsoladamente sin entender nada de lo que había pasado, desprendiendo ese llanto desgarrador que fluía directamente desde mi corazón, cargado de angustia y de dolor. Ese día de mayo, con algunas pinceladas con tonos de noviembre, terminó de una forma inesperada: La noche cayó mucho antes de lo normal y cuando esto pasó mi cuerpo no resistió más; agarré el estuche aterciopelado que guardaba en uno de los bolsillos de mi pantalón y lo tiré con fuerza del otro lado de la calle, la pequeña caja se rompió y las dos alianzas de oro, con nuestros nombres grabados en su interior, rodaron por el asfalto hasta caer por la alcantarilla, que estaba contra el cordón de la vereda. El viento cálido y fuerte de noviembre estaba soplando, igual que el día en que nos conocimos, sin embargo mayo estaba helado y había empezado a lloviznar, pero igual caminé hasta mi casa, la cual estaba fría, helada.

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