Tal vez debería reemplazar la tristeza por el odio. Dejar que todo fluya. Extender las manos, acariciar el viento por unos instantes y mirar hacia abajo. Si, hacia abajo. Sentir el vértigo; esa sensación extraña en el estómago y el palpitar frenético, arrítmico y sufrido de mi corazón. Palpar el agua amarronada con la mirada. Sentir el frío. Esperar a que caigan los primeros copos de nieve, después de que se forme la tormenta, que las nubes eclipsen al sol y que la luna no ilumine. Puedo esperar a que todo esto ocurra, pero no puedo esperar tu llegada. Que agarres mi mano, que me salves del peligro, de mi angustia y de mi inminente suicidio. Me dejo caer. La oscuridad me atrapa y me envuelve en un manto de seda negro. La muerte me abraza, me besa, me toca; cubre mis ojos de negro y todo se diluye. Se pierden los sonidos, desaparece el viento y los copos de nieve ya no acompañan mi caída.
Todo se calla.